viernes, 19 de marzo de 2010

Enfermedad, palabras y politica en México: siglo XIX

En la historia de México los discursos médicos-científicos han tenido siempre consecuencias sociales importantes, y este trabajo pretende rodear el constructo de los discursos que sobre el Tifo se dieron en la última década del siglo XIX. Se pondrán los ojos en la prensa por ser el medio en dónde se reflejaban de manera clara diversas miradas provenientes de diversos grupos sociales.

En cualquier grupo social las enfermedades, en particular cuando adquieren proporciones epidémicas no pueden dejar de pensarse lejos de las prácticas culturales, de las representaciones sociales, de la política y el poder. Pero también cada objeto del saber está inserto en un determinado proceso social de negociación de su aceptación y producción, y depende de la construcción que de él haga la cultura que lo envuelve




De hecho existen normas sociales responsables de la distinción entre lo sano y lo enfermo y la lógica para la imposición de estas normas consiste en considerar la salud como valor fundamental, y aceptar la existencia de conductas condicionantes de enfermedades para evitarlas, acercando con ello el discurso médico al discurso moral. Así se puede observar que la Ilustración cargó sobre los enfermos la culpa de la enfermedad, pero para fines del siglo XIX se empezó a pensar en las circunstancias sociales y en las normas culturales como causales de las enfermedades; esta modernidad llegó a culpar a los sanos de la patología de los enfermos y empezó a considerar algunas normas sociales como patógenas. De cualquier manera, las enfermedades continuaron ligadas a los espacios de las normas, la política y el poder.

El México de la época que nos ocupa se va a caracterizar por ser un espacio de crecimiento de un capitalismo desigual y dependiente que bajo una opresiva dictadura consiguió logros importantes en el crecimiento de algunos sectores económicos, pero al costo de una gran desigualdad social y una gran dependencia del mercado exterior. Floreció la minería, la industria y creció la agricultura para la exportación, se monetizó el sistema, se unificó el mercado, se modernizaron los aspectos financiero y monetario y la infraestructura se amplió y modernizó de una manera importante, pero la brecha entre las capas superiores e inferiores de la sociedad se amplió y profundizó por la desigual distribución del ingreso. Al lado de una pequeña élite con todo tipo de privilegios sociales y económicos convivieron miles de personas en la más absoluta pobreza y carentes de cualquier oportunidad. Las ciudades podían verse como la realización de una utopía civilizatoria pero también como la expresión más fehaciente de profundas contradicciones del crecimiento porfiriano, como los espacios de la desigualdad social y económica.


En este contexto la enfermedad del Tifo se constituyó en un espacio simbólico alrededor del cual giraron diversos discursos con distintas funciones políticas, sociales y culturales, como enfermedad de la pobreza, apareció como un síntoma de la sociedad de su tiempo. Las clases privilegiadas y un sector de la clase media del México decimonónico de fin de siglo se encontraban inmersos en la ideología positivista, el liberalismo, y en los discursos sobre modernidad y ciencia. La higiene como disciplina se consolidaba y la medicina progresaba y el tifo se constituyó en un fenómeno relevante para el saber oficial por el auge del discurso científico. En la revista médico farmaceútica El Estudio por ejemplo, se podía leer que se pensaba que la meta de la medicina moderna era restituir al individuo las funciones normales del organismo, y los médicos se congratulaban de los adelantos de la ciencia que se manifestaba en la observación de preceptos higiénicos, mayor precisión en los diagnósticos y perfección de métodos operatorios. Cuando la epidemia que se dio durante la invasión norteamericana Francisco Jiménez ya había aportado conocimientos importantes sobre el tifo pero en particular los doctores Olvera y Carpio profundizaron después en su estudio.

Una cosa era real, era una enfermedad que causaba una gran mortandad y se generaba principalmente en las ciudades. En la Ciudad de México para la década que nos ocupa, en particular en 1892 y 1893 causó más de 80 mil muertos con una tasa de letalidad del 25%, las autoridades se encontraban preocupadas por los efectos sociales, pero también por los económicos. Así, los doctores Liceaga, N. R. Arellano e Ismael Prieto presentaron un estudio al Consejo Superior de Salubridad (Órgano vigilante de la salud oficial) en dónde señalaban que en 1893 el tifo había atacado a 72 mil personas que “estuvieron sustraídas por un mes, más o menos, a la vida común e imposibilitados de trabajar, cosa que redundaba en grave perjuicio para las familias y la política en general.” Existían otras enfermedades de la pobreza como las del aparato respiratorio y digestivo, pero en estos años, el tifo fue el que produjo mayor mortandad.

Al ser el tifo una enfermedad infecciosa en dónde las rickettsias tenían como vectores la pulga y el piojo y a la rata como reservorio, la alta incidencia de la enfermedad tenía que ver indudablemente con las condiciones físicas en las que vivía la mayor parte de la población, la pobreza, los aspectos nutricionales, la insalubridad y falta de higiene. El Dr Liceaga -que por aquel entonces presidía el Consejo Superior de Salubridad- consideraba que la enfermedad estaba relacionada con las malas condiciones de alimentación, aseo y habitación. Las clases más favorecidas culparon a las populares de la existencia de muchas enfermedades, y los científicos de la época atribuyeron la mayor mortalidad por tifo en los centros urbanos a la aglomeración de individuos en espacios limitados y a la falta de higiene.

Se esperaba que las personas adoptaran conductas higiénicas y responsables y el argumento médico pugnaba por una educación del cuerpo y del alma en dónde le orden, la disciplina y la limpieza prevalecieran. Las ideas de amoralidad y trasgresión de normas como causales de enfermedades empezaron a proliferar, se vincularon los conceptos pobreza, suciedad y criminalidad.
La élite porfiriana se empeñaban en diferenciarse del resto de la población a través de la educación, la urbanidad y hasta por el color de la piel y dentro de esto construyeron un imaginario sobre lo que se conocía como el bajo mundo; se consideraba a las clases populares degeneradas, sucias e ignorantes y el discurso médico empezó a constituirse como un elemento de control social al imponer normas. El discurso de la Ilustración que sostenía la necesidad del dominio del espíritu sobre el cuerpo creció y se consolidó entre un sector de la clase media y en la alta. Frente a un discurso rodeado de la “respetabilidad” que simbolizaban los médicos, las clases populares aparecieron en el discurso oficial como fuentes de desórdenes y males físicos y morales.


La prensa

Hay quien considera que en la construcción del imaginario sobre una enfermedad inciden factores económicos y sociales, pero también el discurso vigente sobre las patologías es fundamental, y dentro de esto, el papel de los medios de comunicación es siempre trascendente. La realidad construida por los medios incide en la visión que se tiene sobre una enfermedad, y aquí, el tifo apareció como producto de una sociedad contaminada y generadora de mal.

Como parte de la imposición de la autoridad de la dictadura de Porfirio Díaz no sólo se pactó con las clases pudientes, líderes militares y de las provincias, se centralizó el poder en el ejecutivo y se reprimió con normas, policía y milicia a las clases populares, también se subvencionó y en caso de los disidentes se reprimió a la prensa, ya que se requería una opinión pública favorable al régimen. Así para la década de los 90s existía en México una prensa gobiernista, otra que intentaba ser independiente y la oposicionista, ésta última con grandes dificultades para su sobrevivencia. La epidemia de Tifo de 1892 y 1893 en la capital generó diversos discursos en los periódicos, que reflejan toda una historia cultural sobre la política, el poder y la sociedad de la época y pueden proporcionar un acercamiento a la posible realidad.


Lo que se escribió…

La Discusión periódico decididamente gobiernista decidió promover la beneficencia pública al tiempo que se escandalizaba del hacinamiento en que vivían los pobres, concluyendo que éstos eran culpables de la situación en que se encontraban por no querer emanciparse del vicio, un mal social que debe extirparse, porque un pueblo numeroso, abyecto, enemigo de la sociedad, un pueblo ignorante, educado en la escucha de todas las degradaciones, sin amor al trabajo, es la escoria de la sociedad” (La Discusión, 1888). El Heraldo, publicación oposicionista, en cambio, criticaba la carencia de agua potable que padecía la mayor parte de la población, y señalaba la deficiente higiene en la que vivía la mayor parte de las personas. Se quejaba de la falta de baldosas en las calles y de la existencia de gran cantidad de fango; de pulquerías sin inodoros, accesorias sin caño de derrame para las aguas negras, carencia de baños públicos y de nula desinfección de utensilios en barberías y peluquerías (El Heraldo, 1895) (El Heraldo, 1895).

El Eco Social apoyando las ideas de la élite al tiempo que publicaba convocatorias para el Congreso Médico y para la Academia de Medicina, exaltaba los esfuerzos del gobierno que al parecer topaba con el obstáculo “del pueblo”. Culpaba a las clases populares de “apatía” una enfermedad genética “del mexicano”. Señalaba que las clases populares vegetaban y mostraban indiferencia hacia el trabajo y la higiene, cargándoles la culpa de la sórdida situación en que vivían; las señalaba culpables por lo que comían y vestían, los acusaba de ebriedad y de poca atención a su salud y a su cuidado personal; hacía énfasis en los pecados de ebriedad y suciedad en las que estaban inmersas. Finalmente aderezaba su comentario sobre la degeneración del pueblo atribuyéndole también un tono moral al problema, ya que señaló que los pobres acostumbraban a entregarse a “saturnales de la más baja estofa”.
Resulta interesante que al respecto el Dr. Galindo en la revista El Estudio, afirmara que con respecto al tifo la medicina de la época se encontraba impotente y recomendaba sólo prevención, señalando que el tifo era el termómetro de la civilización de los países una protesta terrible en contra de la mala higiene, un castigo impuesto a la apatía de la inteligencia, al retroceso y a los desórdenes civiles. El Diario periódico que se decía “imparcial” describía la pobreza en la que se encontraba la mayoría de la oblación y se condolía, aunque también en otro número criticaba al Consejo Superior de Salubridad titulando un artículo “De cómo el Consejo tiene ojos y no ve” en dónde afirmaba que el número de muertos crecía, culpando a la falta de higiene en pulquerías y figones.



El Eco Social

El 93 periódico contestatario, reproducía las recomendaciones del gobierno de la capital para la lucha contra la epidemia, aseo personal y de habitaciones, limpieza de caños y su desinfección con sulfato de cobre. Fumigación de las habitaciones con azufre, uso de agua limpia para usos domésticos, y aviso de los brotes de la enfermedad. El Heraldo reclamaba al Consejo Superior de Salubridad no hacer bien su trabajo y permitir la existencia de vecindades en dónde existían “letrinas inmundas, tubos ventiladores descompuestos, hacinamiento de basuras y nulo aislamiento de los enfermos infecciosos.

El País insinuaba engaños por parte del gobierno con respecto a la epidemia, aseguraba que contaba con datos fidedignos sobre la gravedad de la enfermedad que el Registro civil no mencionaba, y señalaba los problemas que la burocracia generaba con respecto al mal, apuntaba que los inspectores de policía ordenaban a los porteros de las vecindades avisaran de los casos de enfermos a la Comisaría y los porteros entonces avisaban de todo tipo de enfermos por lo que se requería la visita y el diagnóstico de los médicos de las comisarías; los inspectores del Consejo Superior de Salubridad carecían de facultades para rectificar cualquier diagnóstico médico y así no atendían a los enfermos revisados por los médicos de la Inspección.
El oposicionista El Universal anunciaba la gravedad de la extensión de la epidemia en la capital, hablaba de miasmas infecciosos, negaba la efectividad de los remedios como el ingerir arañas capulinas muertas, pero también proporcionaba hipótesis científicas, concluyendo finalmente con que el problema de la difusión de la enfermedad se encontraba en la existencia de chimeneas en las casas; señalaba que éstas difundían los “gases deletéreos” que entraban a los hogares de los vecinos como vehículos de infección.



El Pais

El combativo Diario del Hogar cubrió con mucha insistencia la epidemia en los inicios de 1892, en particular la de la Cárcel de Belén, habló de muertos, de enfermos, y reclamó al Consejo Superior de Salubridad sus tardanzas y errores en la desinfección del lugar. El gobierno desinfectó un mes después de iniciada la epidemia, y cuando lo hizo, regó paredes y techos con desinfectante y quemó los petates en los que dormían los reos; éstos tuvieron que dormir varios días sin petate y sobre el suelo húmedo (El Diario del Hogar, 1892). En otro número al mismo diario reclamó al Dr. Liceaga que no mirara los cerros de basura que se encontraban cerca de su oficina, y que no tuviera ojos más que “para el culto externo” y no para los pobres (El Diario del Hogar, 1892).

El opositor Gil Blas con ironía comentaba que el tifo resultaba más letal en los ricos que en los pobres y dudaba de los muy ostentados avances médicos (Gil Blas, 1893).



Gil Blas

Finalmente, también la epidemia, el dolor y la muerte fueron terreno fértil para el oportunismo, La Patria, periódico gubernamental, después de describir la lamentables condiciones de pobreza e insalubridad en que vivía la mayor parte de la gente, decidió culpar a los propietarios de las vecindades de la mala situación, los acusó de inhumanidad y aprovechó la ocasión para ¡ promover la organización de sociedades constructoras de casas!, claro está dentro de “la iniciativa privada! (La Patria, 1893).

Reflexión Final

La epidemia y sus respuestas sociales y miradas políticas revelaron la realidad lacerante de las clases populares pero también el uso político que se hizo de ella y la participación de los medios en el discurso para la construcción de un imaginario útil para el poder. Inmersos en los discursos sobre la culpa, causas y significados de las enfermedades, los medios siempre han estado muy activos y han contribuido en gran medida a la construcción de imaginarios. La enfermedad apareció ligada a lo que Susan Sontag llamaría metáforas y se mostró que los orígenes y diagnósticos son eminentemente culturales y son diferentes para cada construcción de cada saber.

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