A los ojos de los extranjeros, México aparece como un país exótico, pintoresco, peligroso, amable, exuberante, entre muchas maneras de percibirlo. En el siglo XIX, muchos viajeros llegaron a México y quienes dejaron un testimonio, en el arte o escrito, de su visita nos legaron una ventana que nos permite asomarnos a la vida en estas tierras en el primer siglo de su historia como nación independiente.
Frances Erskine Inglis, mejor conocida como la Marquesa Calderón de la Barca, fue una escocesa (nacida en Edimburgo en 1806) y de religión protestante, que se casó con Ángel Calderón de la Barca, quien fuera el primer ministro plenipotenciario de España en el México independiente.

Acompañando a su marido, la futura marquesa llegó a México en diciembre de 1839 y permaneció aquí hasta enero de 1842. Durante este tiempo, viajó por el país y escribió sus impresiones en una copiosa correspondencia a su familia, que vivía en Boston. De estas cartas, la autora escogió 54 de ellas para ser publicadas y así se formó el libro La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, cuya primera edición se imprimió en Boston en 1843, con prefacio del historiador William H. Prescott.

En La vida en México se describe con minuciosidad hechos, personajes, modas, pasiones y costumbres del México de la época. También refleja los sentimientos e ideas, así como sus prejuicios, de la autora hacia México y su gente. Durante su estancia, la posición privilegiada de la marquesa le permitió conocer a las personalidades mexicanas de la época, como Antonio López de Santa Anna, Carlos María de Bustamante, Lucas Alamán, Manuel Paynó y la célebre "Gúera" Rodríguez.
A su regreso a Estados Unidos, la señora Calderón de la Barca abandonó el protestantismo y se convirtió a la religión católica. Al quedar viuda se recluyó en un convento, del cual salió para dedicarse a servir a la familia real española. En 1876, el monarca Alfonso XIII le otorgó el título de marquesa Calderón de la Barca. Murió en Madrid en 1882.
Los gritos callejeros en la ciudad de México.
"Hay en México diversidad de gritos callejeros que empiezan al amanecer y continúan hasta la noche, proferidos por centenares de voces discordantes, imposibles de entender al principio. Al amanecer os despierta el penetrante y monótono grito del carbonero:'¡Carbón señor!' El cual, según la manera como le pronuncia, suena como '¡Carbosiú!'. Más tarde empieza su pregón el mantequillero: '¡Mantequía! ¡Mantequía de a real y di a medio!''¡Cecina buena, cecina buena!'; interrumpe el carnicero con voz ronca.'¿Hay sebo-o-o-o-o?' Esta es la prolongada y melancólica nota de la mujer que compra las sobras de la cocina, y que se para delante de la puerta.Luego para el cambista, algo así como una india comerciante que cambia un efeto por otro, la cual canta:'¡Tejocotes por venas de chile!'Un tipo que parece buhonero ambulante deja oír la voz aguda y penetrante del indio. A gritos requiere al público que le compre agujas, alfileres, dedales, botones de camisa, bolas de hilo de algodón, espejitos, etcétera. Detrás de él está el indioi con las tentadoras canastas de fruta; va diciendo el nombre de cada una hasta que la cocinera o el ama de llaves ya no puede resistir más tiempo... Se oye '¡Gorditas de horno caliente!'. Le sigue el vendedor de petates: '¿Quién quiere petates de la Puebla, petates de cinco varas?'Al mediodía los limosneros comienzan a hacerse particularmente inoportunos, y sus lamentaciones y plegarias, y sus inacabables salmodías, se unen al acompañamiento general de los demás ruidos. Entonces, dominándolos, se deja oír el grito de:'¡Pasteles de miel!''¡Queso y miel!''¿Requesón y melado bueno?'En seguida llega el dulcero, el vendedor de fruta cubierta, el que vende merengues, que son muy buenos, y toda especie de caramelos.'¡Caramelos de espelma, bocadillos de coco!'Y después los vendedores de billetes de la lotería, mensajeros de la fortuna con sus gritos:'¡El último billetito, el último que me queda, por medio real!'A eso del atardecer se escucha el grito de:'¡Tortillas de cuajada!' o bien: '¡Quién quiere nueces!', a los cuales sigue el nocturno pregón de: '¡Castaña asada, caliente!', y el canto cariñoso de las vendedoras de patos: '¡Patos, mi alma, patos calientes!' '¡Tamales de maíz!, etc., etc. Y a medida que pasa la noche, se van apagando las voces, para volver a empezar de nuevo, a la mañana siguiente, con igual entusiasmo."

El atuendo
Los caballeros en el campo "Los trajes de los caballeros (en su mayoría españoles, según creo), con sus hermosos caballos, sus altas sillas mexicanas, con las anqueras hechas por lo general de piel negra, bordadas de oro, las chaquetas de magníficas pieles, pantalones con botonadura de plata, sus botas de cuero repujado, estribos de plata y sus graciosas mangas con puntas de terciopelo, negras o de color."
Gente del pueblo "Desde la ventana vemos hombres de color bronceado, con sólo una frazada encima con la que se envuelven, sosteniendo con garbo sobre sus cabezas vasijas de barro, precisamente del color de su propia piel; y llecan en las vasijas dulces o blancas priámides de grasa (mantequilla); mujeres con rebozo, de falda corta, hecha jirones casi siempre, aunque por debajo de la enagua asoma un encaje; sin medias, con sucios zapatos de raso blanco, aun más pequeños que sus pequeños pies morenos. Las indias, con sus ceñidas faldas de tela oscura, el cabello trenzado entretejido con cintas rojas."
El rebozo "El rebozo mismo, tan griacioso y adecuado, tiene el incoveniente de ser la prenda más a propósito, hasta ahora inventada, para encubrir todas las suciedades, los despeinados cabellos y los andrajos. Aun en las mejores clases contribuye al disimulo del daliño en el vestir, pero en el pueblo el efecto es intolerable."
El sarape "El sarape es práctico y elegante, mayormente montando a caballo; pero, aunque de origen indio, la costumbre de embozarse con él procede de la capa española, y la oportunidad que ofrece el sarape para esconder grandes cuchillos y para taparse el rostro y la figura, da lugar a muchos crímenes."

Las mujeres mexicanas
En un fiesta "En conjunto vi pocas bellezas dignas de llamar la atención, poca gracia y muy poco talento para bailar. Había demasiado terciopelo y raso, y los vestidos recargados en demasía. Los brillantes, aunque soberbios, estaban mal montados. Los vestidos, comparados con la moda actual, eran de corto absurdo, y los pies, pequeños por naturaleza, apretados dentro de zapatos aún más pequeños, echaban a perder su gracia al andar y cuando bailaban.Vi ojos soberbios, brazos y manos bellísimos, modelos perfectos para un escultor, en especial las manos, y muy pocos cutis hermosos."
Lo bueno y lo malo"La belleza de las mujeres de aquí consiste en los soberbios ojos negros, en el hermoso cabello oscuro, en la hermosura de brazos y manos, y en su pequeño y bien formado pie. Y sus defectos: de que con demasiada frecuencia son de corta estatura y demasiado gordas, de que sus dientes suelen ser malos, y el color de su tez no es el olivo pálido de las españolas, ni el moreno brillante de las italianas, sino un amarillo bilioso.En cuanto a amabilidad y cariñosos modales, nunca me he encontrado con mujeres que puedan rivalizar con las de México."
La niña "Se considera aquí más cortesano decir Señorita que Señora, aun cuando se trate de una mujer casada; y la dueña de la casa es generalmente llamada La niña, aunque pase de los ochenta."
Las indias "En cuanto a las indias, las que vemos todos los días traer al mercado sus frutas y sus legumbres, son, hablando en términos generales, sencillas, de humilde y dulce apariencia, muy afables y corteses en grado superlativo cuando se tratan entre sí; pero algunas veces se queda uno sorprendido de encontrar entre el vulgo caras y cuerpos tan bellos, que bien puede suponerse que así sería la india que cautivó a Cortés; con ojos y cabello de extraordinaria hermosura, de piel morena pero luminosa, con el nativo esplendor de sus dientes blancos como la nieve inmaculada, que se acompañan de unos pies diminutos y de unas manos y brazos bellamente formados, y que ni los rayos del sol ni los trabajos alcanzan a ofender."
Las criadas "Las criadas mexicanas tienen algunas muy buenas y nuncas desmentidas cualidades. Son modelos de cortesía, humildes, serviciales, de muy buen carácter, y con facilidad se aficionan a quienes sirven. Una de las costumbres más desagradables de las criadas es el de llevar el cabello suelto en todo su largo, enmarañado, sin peinar, y enredándose siempre en todas partes. No puedo comprender cómo las señoras mexicanas, que tanto se quejan de ello, lo permiten. Ese flotar de los cabellos suena muy pintoresco; mas cuando están sucios y como suspendidos sobre la sopa, no es un cuadro muy atractivo, que digamos."
La educación de las señoras "Hablando en términos generales he de deciros que las Señoras y Señoritas mexicanas, escriben, leen y tocan un poco, cosen, y cuidan sus casas y de sus hijos. Cuando digo que leen, quiero decir que saben leer; cuando digo que escriben, no quiero decir que lo hagan siempre con buena ortografía y cuando digo que tocan, no afirmo que posean, en su mayoría, conocimientos musicales.Sucede con frecuencia que las muchachas peor educadas son hijas de hombres muy inteligentes, que pegados a las costumbres de sus abuelos se contentan con que se confiesen con regularidad, asistan asiduamente a la iglesia, y lleguen a bordar y a cantar un poco. Donde se encuentra un criterio más amplio es, sobre todo, entre las familias que han viajado por Europa, y han visto la educación tan diferente que recibe la mujer en los países extranjeros."

La cordialidad mexicana
La cortesía en el campo "Es imposible concebir que nadie pueda superar la humildad y cortesía de la gente pobre del campo. Hombres y mujeres se detienen para darnos los buenos días; ellos, sombrero en mano, y todos mostrando sus blancos dientes mientras sus rostros se iluminan con alegre y confiada bondad."
Está a la disposición de usted.... "Todo es puesto a vuestro servicio: la casa, el coche, los criados, los caballos, las mulas, etc. Las arracadas de las señoras, el alfiler de corbata de los caballeros, el traje de los niños. Si admiráis una sortija, ella será puesta a vuestra disposición; si un caballo, lo mismo. Las cartas están fechadas 'de la casa de usted'. Algunos por ignorancia de esta costumbre, y otros por bellaquería, sacan ventaja de estos ofrecimientos, que sólo son manifestaciones de fineza."
Cumplidos de las señoras"Los modales de las señoras de aquí son amables en extremo. Luego de haber abrazado a cada señora que entra, conforme a la costumbre, es de rigeur el siguiente diálogo:'¿Cómo está usted? ¿Está usted bien?' 'Para servirla, ¿y usted?' 'Sin novedad, para servirla' '¡Cuánto me alegro! ¿Y cómo está usted señora?' 'A su disposición ¿Y usted?''Mil gracias ¿Y el señor?' 'Para servirla, sin novedad'Etcétera, etcétera.Además antes de tomar asiento, se dice: 'Sírvase usted sentarse' 'Usted primero, señorita' 'No, señora, usted primero, por favor' 'Vaya, bueno, para obedecerle a usted, sin ceremonias; soy enemiga de cumplimientos y etiquetas'
Terminada la visita, las señoras vuelven a abrazarse, acompañando a la señora de la casa hasta el descanso superior de la escalera, en donde se repiten los dares y tomares de los cumplimientos.'Señora, ya sabe usted que mi casa es la de usted''Mil gracias, señora, la mía es de usted, aunque inútil, reconózcame por su servidora y mándeme en todo lo que se le ofrezca''Adiós, deseo que usted pase una buena noche'En el primer descanso de la escalera, las visitantes se vuelven para mirar a la señora de la casa y se reproducen los adioses.
Los paseos
Las señoras no caminan por las calles "En México no se practica el paseo a pie, que aquí se considera como poco elegante; y aunque a veces algunas señoras vestidas de negro y puestas de mantilla, se aventuran a andar a pie muy temprano en la mañana para ir a misa o de compras, están las calles en tan mal estado y aceras son tan estrechas , tan compacto el gentío, el hormiguero de léperos en andrajos tan molesto, que todos estos inconvenientes, a los que hay que añadir la fuerza del sol al mediodía, ofrecen una perfecta excusa para que las señoras no se dejen ver en las calles de México"
La Alameda y el paseo de Bucarelli "Nada más agradable que caminar por la Alameda, que es tan hermosa y en donde se goza de una agradable sombra.El paseo llamado de Bucareli, que toma su nombre de un virrey, es una larga y ancha avenida orlada con los árboles que él mismo plantó, y en donde se halla una fuente grande de piedra, cuyas centelleantes aguas se asemejan frescas y deliciosas, y que remata una dorada estatua de la Victoria. Aquí, cada tarde, pero de preferencia los domingos y días de fiesta, se pueden ver dos largas filas de carruajes llenos de señoras, multitud de caballeros montando a caballo entre los espacios que dejan los coches, sodados, de trecho en trecho, que cuidan el orden y una muchedumbre de gente del pueblo y de léperos, mezclados con algunos caballeros que se pasean a pie.
Casi todos los carruajes son de una extraordinaria belleza. Junto a los carruajes más elegantes pueden verse algunos coches de alquiler tirados por mulas. Como la mayor parte de los coches son cerrados, sólo permiten ver a medias a los que van en el interior, cuando pasan cambiando saludos con un movimiento de los dedos o con el abanico.
Los jinetes, con sus finísimos caballos, y vestidos con hermosos trajes a la mexicana, parecen no advertir el paso de las damas, rara vez las saludan y nunca se atreven a entablar conversación con ellas."
La Viga "Este paseo ahora se está poniendo de moda. Le bordea un canal, con árboles que le dan sombra, y que conduce a las Chinampas y se ve siempre lleno de indios con sus embarcaciones en las que traen fruta, flores y legumbres al mercado de México. Muy temprano en la mañana, es un agradable espectáculo verlos cómo se deslizan en sus canoas, cubiertas con toldos de verdes ramas y flores."